Cuida lo que consumes

Hay una dieta de la que casi nadie habla. Y no tiene que ver con comida. Tiene que ver con las palabras.

En los últimos días he leído más rabia que argumentos. Más burlas que conversaciones. Más necesidad de encontrar culpables que intención de entender. Pareciera que las redes sociales dejaron de ser un lugar para intercambiar ideas y se convirtieron en una competencia por ver quién escribe el comentario más hiriente.

Lo preocupante no es solo que exista ese discurso. Es que encuentra aplausos. Encuentra réplicas. Encuentra personas que, por un instante, sienten que pertenecen a una comunidad. Pero no una comunidad construida alrededor de ideas, sino alrededor del enojo compartido.

Hace algunos años, Jaron Lanier escribió que "desde que se popularizaron las redes sociales, lo que dicen los idiotas tienen más eco en el mundo." La frase era incómoda entonces. Hoy parece una descripción de nuestra realidad.

Y eso me hizo pensar en algo mucho más cercano.

Somos muy conscientes de lo que ponemos en nuestro plato. Revisamos etiquetas, evitamos ciertos alimentos y entendemos que lo que consumimos termina afectando nuestra salud.

¿Por qué no hacemos lo mismo con la información?

Las noticias que elegimos. Los perfiles que seguimos. Los videos que consumimos. Los comentarios que leemos una y otra vez. Todo eso también nos alimenta. Solo que alimenta otra parte: nuestra forma de ver el mundo.

Consumir indignación durante horas no puede producir tranquilidad. Consumir odio difícilmente terminará en empatía.

Y, sobre todo, escribir desde la rabia rara vez construye algo valioso.

Existe una presión por estar al día con absolutamente todo. Como si desconectarse unas horas fuera sinónimo de ignorancia. Pero no todo merece nuestra atención, y no toda conversación merece nuestra energía.

Crear una burbuja sana no siempre es escapar de la realidad. A veces es una forma de protegerla.

Elegir mejor qué consumimos no significa vivir desinformados. Significa reconocer que nuestra atención es limitada y que vale la pena invertirla en aquello que nos hace mejores, no simplemente más reactivos.

La comunicación siempre mueve. La pregunta es hacia dónde.

Cada palabra que escribimos puede sumar una conversación o alimentar un incendio. Cada comentario puede construir una comunidad o reforzar una multitud unida únicamente por el desprecio.

Quizá antes de publicar valga la pena hacerse una pregunta muy simple:

¿Esto construye algo... o solo hace más ruido?

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